A principios de los años 70, el arquitecto catalán Ricardo Bofill descubrió la construcción que a la postre se convertiría en sus oficinas y residencia particular: una vieja fábrica de cemento a las afueras de Barcelona; como estaba a punto de cerrar decidió comprar el terreno con todo y sus 30 silos subterráneos, muros de concreto y salas de máquinas. Se trataba en palabras del arquitecto, de “Una ruina reestructurada y rehecha donde los espacios servían para todo”. Pero entonces, ¿qué le atrajo de un edificio sin pies ni cabeza? Simplemente su carácter surrealista: escaleras que no conducían a ningún lado, trozos de hierro que parecían colgar del aire, estructuras de hormigón que no sostenían nada, enormes espacios vacíos… Bofill, uno de los grandes referentes del postmodernismo español, comprendió que la fábrica era el lugar ideal para albergar el Ricardo Bofill Taller de Arquitectura (RBTA) que había fundado una década atrás y que incluía no solo a otros arquitectos, sino también a sociólogos, escritores, urbanistas, filósofos y hasta directores de cine. La remodelación tardó dos años, tiempo en que los espacios de la antigua fábrica se transformaron en oficinas, un laboratorio de modelos, un archivo, biblioteca, sala de proyecciones y un espacio para actividades culturales conocido como “La Catedral”. A todo lo anterior, se suma su residencia particular que fue diseñada, de acuerdo con el propio Bofill, “según estados de ánimo, no según las funcionalidades de una casa tradicional”. La residencia, de cinco mil metros cuadrados, cuenta con ocho dormitorios, doce cuartos de baño, techos de hasta diez metros de altura y a la construcción original de hormigón, se le agregó cerámica, madera y vidrio. Sorprendentemente, tanto para el taller como para su casa, Bofill respetó muchos de los elementos originales de la cementera, pero gracias a la vegetación que agregó, lo que fuera un lugar gris hoy está rodeado de palmeras, olivos, eucaliptos y cipreses. Actualmente, La Fábrica, como todos conocen al edificio, alberga a un equipo de arquitectos, urbanistas y diseñadores gráficos de 20 nacionalidades y hasta la fecha de aquí han salido más de 1000 proyectos que se han construido en 40 países. Recorre con nosotros La Fábrica en la siguiente galería:



Hay casas que se construyen con muebles. Otras, con objetos. Las más memorables suelen ser las que se van formando con el tiempo: piezas encontradas en viajes, libros que se acumulan, cerámicas que se quedan porque sí. No responden a una regla estricta, pero sí a una sensibilidad clara. Son casas que revelan a quien las habita.
Coleccionar en el hogar contemporáneo no implica llenar superficies. Implica elegir con intención. Un librero bien editado, una mesa lateral con tres o cuatro objetos que dialogan entre sí, una repisa donde conviven arte, diseño y memoria personal. El gesto está en la composición.
Los libros de arte siguen siendo el punto de partida. Apilados en una mesa de centro o abiertos sobre un atril, aportan color, escala y conversación. A su lado, una pieza escultórica (cerámica, vidrio o metal) introduce un contrapunto material. Las charolas funcionan como base visual: agrupan, ordenan y dan peso al conjunto.
En vitrinas o consolas, los objetos pequeños adquieren presencia cuando se agrupan por material o tono. El secreto está en dejar espacio entre ellos. El aire también forma parte de la colección.
Las casas más interesantes no buscan perfección inmediata. Se construyen con hallazgos, con piezas que llegan y otras que se van moviendo de lugar. Con el tiempo, el interior se convierte en una narrativa personal: una mezcla de diseño, memoria y curiosidad.
Al final, coleccionar en casa es una forma de habitar con intención. De permitir que los objetos cuenten una historia que sigue creciendo.
La sala es el corazón de la casa. Es donde se recibe, se conversa, se descansa y, muchas veces, donde se define el carácter completo de un hogar. Elegir bien sus piezas clave no es solo una cuestión estética: es una decisión que transforma la forma en que se vive el espacio.
Todo comienza con un punto de anclaje. Un sofá bien elegido marca el ritmo: proporciones correctas, materiales que envejecen bien y un diseño capaz de dialogar con el resto del ambiente. No se trata de llenar, sino de dejar respirar. Menos piezas, mejor pensadas, siempre ganan.
La iluminación es el siguiente gran gesto. Una lámpara de pie o de mesa no solo acompaña la luz natural, también crea atmósferas. La clave está en superponer luces: general, puntual y ambiental. Así, la sala cambia a lo largo del día sin perder coherencia.
Las mesas —de centro o auxiliares— aportan equilibrio y funcionalidad. Formas limpias, alturas bien calculadas y materiales nobles ayudan a que todo fluya sin esfuerzo. Sobre ellas, pocos objetos: libros, una pieza escultórica o un detalle natural bastan para contar una historia.
Finalmente, el arte y los textiles sellan la personalidad del espacio. Una alfombra define zonas; una obra, intención. Aquí no hay reglas estrictas, solo intuición afinada.
La lección es simple: una buena sala no se construye sumando, sino eligiendo. Cuando cada pieza tiene sentido, el espacio se siente completo… incluso antes de terminarlo.
Durante siglos, el billar ha sido un ritual social. Nació en los salones europeos como un pasatiempo refinado, reservado para conversaciones largas, gestos precisos y silencios compartidos. Siempre fue un juego que pedía espacio, tiempo… y una habitación propia. Hasta ahora.
Fusiontables replantea esa historia con una idea tan sencilla como brillante: ¿y si el billar no tuviera que esconderse? ¿Y si pudiera convivir con la vida diaria, con las cenas, las risas y las reuniones que hacen de una casa un hogar?

A primera vista, la mesa Fusion es un comedor de diseño sobrio y contemporáneo. Nada delata su secreto. Pero al levantar su cubierta —con un gesto casi coreografiado gracias al sistema Easy-Lift— aparece un billar profesional, preciso, sólido, perfectamente calibrado. La sorpresa es inmediata. El asombro, inevitable.
Fabricada en Bélgica por Saluc, esta pieza conserva el rigor técnico del billar clásico: bandas K66, dimensiones oficiales, estabilidad absoluta. Pero su verdadera innovación está en cómo transforma el espacio. Ya no se trata de elegir entre comer o jugar, entre diseño o diversión. Aquí, todo sucede alrededor de la misma mesa.

Elegir una Fusiontables es también una decisión estética. Sus distintas combinaciones de materiales permiten que la mesa se adapte al carácter de cada espacio. El aluminio negro con cristal aporta una presencia gráfica y sofisticada; el aluminio con nogal evoca calidez y atemporalidad; mientras que el aluminio blanco, ya sea con nogal o con roble en tono gris, se integra con ligereza a interiores contemporáneos y luminosos. Estos acabados son solo el punto de partida: la colección ofrece aún más opciones para personalizar la pieza y hacerla verdaderamente tuya, en perfecta sintonía con tu estilo de vida.
Las sillas y bancas Fusion acompañan la experiencia con discreción y coherencia, permitiendo que el espacio se adapte al momento: sobremesa larga, partida improvisada, reunión que se alarga sin planes.

Fusiontables, además de ser un mueble multifuncional, es una invitación a convivir más, a quedarse un poco más. A redescubrir el placer de compartir el tiempo y el espacio de otra manera.
El Super Bowl es mucho más que un partido: es el pretexto perfecto para reunir a amigos y familia alrededor de una experiencia compartida. La clave está en crear un ambiente cómodo, bien pensado y listo para disfrutar sin distracciones, donde cada detalle sume al momento.
Todo comienza con una buena pantalla. Una televisión de gran formato y alta definición transforma la sala en el mejor palco, permitiendo vivir cada jugada con la intensidad que merece. Acompañarla de un sistema de sonido envolvente eleva la experiencia y convierte cada touchdown en un momento memorable.
La cocina y la terraza también entran al juego. Un asador bien equipado facilita un menú relajado y generoso, ideal para compartir sin complicaciones. Sumar utensilios prácticos, charolas elegantes o una hielera de diseño ayuda a mantener el ritmo del encuentro sin perder estilo.
Para quienes disfrutan del ritual del brindis, una estación de cocteles es un gran acierto. Shakers, cristalería adecuada y accesorios de bar permiten preparar bebidas con facilidad, mientras que una mesa auxiliar o carrito mantiene todo al alcance. Incluso una cafetera de alto desempeño puede marcar la diferencia para alargar la sobremesa.
La comodidad es igual de importante. Sofás amplios, sillones cómodos y cojines bien colocados invitan a quedarse hasta el último segundo del partido, sin sacrificar estética ni funcionalidad.
En Casa Palacio encontrarás una selección pensada para convertir el Super Bowl en una experiencia completa: tecnología, cocina, exterior y objetos esenciales para recibir. Porque cuando todo está bien elegido, el juego se disfruta mucho más. ¡Además, nuestras rebajas continuan!